Mi mejor
viaje fue cuando yo tenía 10 años.
Mi padre,
mi mamá, mis hermanos y yo fuimos para la estancia de mi abuelo.
A mí me encantaba
ir pescar, jugar fútbol, etc., pero lo que más me gustaba eran las cosas de allá, como: alimentar los potros, los cerdos, las gallinas.
Despertábamos
muy temprano, por las 5. Alimentábamos las crías e íbamos pescar. Íbamos con todos las ollas de cocinar porque freíamos los pescados cerca del lago o río. Podíamos ver monos, capibaras, ardillas y
serpientes.
Por la
tarde íbamos sacar las frutas y sacar alimentos para los cerdos y vacas. Teníamos que ir de tractor. Mi hermano lo conducía. Era un tractor muy viejo y pequeño, muchas veces atascábamos.
Cristina
era mi yegua y
estaba preña. Su trabajo de parto fue dolorido y extenuante. Después de 5 horas de dolores y gruñidos el potro nació
muerto. Su olor cerraba nuestras narinas, la yegua lloraba. Sus ojos estaban
cansados y fueron cerrando lentamente como un sol en final del día. En el otro día tuvimos que cavar y cavar y
cavar, por todo el día.
Las
interminables tardes lluviosas solamente eran consoladas por los dulces y
«bolinhos de chuva» de mi abuela. No teníamos televisión u otra diversión
electrónica, nuestro juegos eran sacos con arroz o maíz, y juegos de tablero.
Con el
final del viaje mi vida estaba cambiada, mis valores eran otros. El mundo
cambió. Estaba más sencillo, más vivo, colorido y dolorido. Hasta hoy
siento olores y fragancias de las tardes y madrugadas.
Hoy yo
intento recriar la misma aura para mi hija, en nuestra estancia. Por el sábado mi
hija presenció el nacimiento de una vaca, un inicio de una vida.
Participación especial de João Ricardo





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